La celebración del solsticio de verano, la víspera de San Juan (23 de junio), ha estado vinculada a Cataluña desde hace siglos en el calendario dulce. En un principio, las cocas que se consumían en esta festividad eran redondas, con un agujero en medio en recuerdo del disco solar. Amasadas en casa y llevadas a los panaderos para que las cojan, se hacían con pasta adobada azucarada y piñones. Ya entonces era costumbre comerlas en comunidad y, con el nacimiento de las primeras pastelerías en el siglo XIX, la receta se enchufaba con la aportación de cerezas y otras frutas confitadas. También se consume la misma coca por la festividad de San Pedro y por la de Sant Jaume.
Hoy en día se hacen varias cocas por San Juan y San Pedro: de crema, de langostas, rellenas de cabello de ángel, de nata... Presentan diferentes formas, pero la más habitual es la ovalada con fruta confitada. Para hacer la masa, se utiliza harina de fuerza, levadura, leche, huevos, mantequilla, piel de limón rayada, azúcar, anís y sal. Por encima, se añaden bovinos de fruta confitada, piñones y azúcar. En estas fechas señaladas, se acostumbra a comer para postres, después de cenar, y durante la noche, a media verbena.

Se comercializa por las bóvedas de la festividad de San Juan en pastelerías y panaderías de toda Cataluña.
Su valor nutricional variará en función de los ingredientes que se añadan. Aun así, la base es una masa muy completa, ya que es una buena fuente de energía, aporta una cantidad importante de proteínas, grasas e hidratos de carbono. Dentro de una alimentación equilibrada y variada, se puede consumir de tanto en tanto como parte del desayuno o la merienda.