Recibe a sus clientes en una caseta del siglo XVIII situada en una pequeña pedanía entre viñas. «Es un espacio donde queremos detener el tiempo, un pequeño restaurante con una gran cocina en constante evolución y fiel a la tradición», apunta Xavi Fabra, también coordinador de Slow Food Catalunya. Invita a disfrutar de «la magia de la cocina creada desde el corazón» y se compromete a revelar al comensal «sensaciones únicas y efímeras» que lo transportarán —dicen— «a espacios íntimos de nuestra tierra y de su cuerpo».